La antigua cantante pop presenta su proyecto rockero la noche de este lunes y gratis en las fiestas de Santurtzi
A sus 43 años de edad, Ruth Lorenzo, conocida por su voz estratosférica en proyectos ligados al pop, dice estar viviendo “un renacer artístico” con Ruth, el proyecto rockero en el que se ha embarcado tras sentirse manipulada durante años. “No es un giro estilístico en mi carrera, es una vuelta a casa, ya que empecé con el rock a los 17 años”, nos cuenta en esta entrevista previa al concierto gratuito que ofrecerá este lunes en las fiestas de Santurtzi, en el que presentará su disco Blacksheep. “A veces, tener esta voz ha sido más un castigo que una bendición”, apostilla la vocalista.
¿Contenta con la edición del disco y cómo va la gira?
-Estoy muy feliz tras el primer tramo de la gira en salas por la respuesta del público y la energía que generan los conciertos. Yo soy animal de directo y hago los discos pensando en cómo van a ser los conciertos. Y están siendo mágicos.
¿Cómo se produce este giro estilístico en su carrera?
-No es un giro, sino una vuelta a casa, a lo que siempre he hecho. Empecé con una banda de rock, La Saga, a los 17 años. Con ella montaba, desmontaba, dormía en el camión, ajustando luces, tirando cables, haciendo pruebas de sonido, montando baterías y lavándome el pelo y maquillándome detrás del escenario antes de salir a cantar. Era una doble función con la que aprendí muchísimo.
¿Qué pasó, no se sentía cómoda con el pop?
-(Suspira). Al final, me dejé llevar en mi carrera, influenciar por las voces que tenía alrededor. Era una mujer que quería cantar rock y al ser una solista sin banda detrás, no tenía ese respaldo, esa identidad. Así que siempre me decían que había que suavizarme, que mi música tenía demasiada fuerza… Y pensé que si ellos eran los expertos sabrían más que yo.
¿Se puede entender este regreso al rock como un corte de mangas a la industria?
-Más bien a los señoros, porque hay parte de la industria que funciona bien con artistas a los que admiro y respeto profundamente como Leiva o Arde Bogotá. Yo sufrí la otra parte de la industria, la que ve potencial a exprimir un producto hasta que ya no pueda más. Y siempre me resistí a eso, a esa explotación. Por eso no lleno estadios, porque nunca me he dejado explotar. Ahora, sé lo que quiero y estoy en el mejor momento con mi banda y haciendo las canciones a nuestra manera, sin nadie que me diga que me puedo ganar tantos euros en masterizar una canción porque tiene otra oferta más barata; o algo similar en un diseño.
El disco se abre con ‘I Hate My Life’. ¿Llegó al punto de odiar su vida?
-(Risas). A ver, estaba en ese momento de pensar qué coño estaba haciendo con ella. Odiaba el lugar en el que estaba aunque, aparentemente, parecía que lo tenía todo. No tenía lo que realmente te hace feliz, que es mi verdad y mi identidad. Oía voces en mi cabeza que me decían que no quería aquello, así que qué mejor que la coral de jóvenes de la Fundación Alice Cooper para acompañarme en ese mantra que es esa canción. Ha sido un lujo su colaboración en varios temas del disco. Resumiendo, es una manera impactante de abrir el disco, pero había que hacerlo así.
Ruth en vivo Toni Cantos
¿Este disco le ha funcionado como una terapia? Es que en la segunda canción, ‘Sticks & Stones’, habla de sentirse perdida y de liberación.
-Sí, habla de encontrarse en la adversidad, supongo. Tuve que poner el freno, mirar de frente al sistema y a las cosas que nos atan, y decir: voy a hacer lo que me da la gana y da igual si me tiran piedras y palos, no me van a romper.
Convendrá en que este viraje ha cogido descolocados a muchos.
-La mayoría de quienes siguen mi carrera desde el primer día, desde aquel Purple Rain que canté en Factor X, que es mucha, me ha felicitado. Me dicen que por fin hago lo que tenía que hacer. Ha sido muy reconfortante que mi identidad se vea reflejada en mi música.
Veo que lleva camisetas de Guns N´ Roses. ¿Sus influencias vienen del rock de los 60 y 70, de la vieja escuela?
-Claro, emigré con 9 años a Estados Unidos y con ese cambio elaboré toda mi cultura musical. Crecí escuchando a Jimi Hendrix, Janis Joplin, los Roses, Dylan, los Fleetwood Mac de Peter Green… Y ahora sigo escuchando rock, aunque, como te conté antes, me gusten también otros artistas más abiertos que acercan ese rock a otras generaciones. Tengo tendencias compulsivas y ayer, por ejemplo, oí no sé cuántas veces Kahsmir, de Led Zeppelin.
No es de ahora, precisamente.
-He descubierto haciendo este disco que me gustan esas músicas porque están hechas en cinta, con frecuencias diferentes. Es un sonido anterior a las grabaciones digitales y mi oído siente que no ha pasado de moda. Ahí siguen bandas como Foo Fighters o Red Hot Chili Peppers, con ese sonido tan atemporal.
¿Buscó ese sonido en la grabación en los estudios Real World fundados por Peter Gabriel?
-Claro, llegué a la conclusión de que todo lo que me gustaba tenía en común el factor de la cinta analógica.
¿’Old School’ y tocando juntos?
-Tal cual (risas). A veces, gente del equipo me decía que a quién se le había ocurrido ese método. Había menos tiempo, menos cinta y, por tanto, elegir bien las tomas. Elegimos las reales, no las perfectas, la que el pulso conjunto de voz y grupo tenían sentido.
¿Qué papel tuvo Rafa Sardina, un máquina de los botones y de origen vasco?
-Ha sido el ingeniero de sonido y elegía qué micrófonos íbamos a usar, a qué distancia los ponía… Solo usamos una guitarra, grabamos la batería dentro del molino del estudio. Buscamos un sonido real y que emocionase. Se parece al sonido del directo, sonoriza muy bien lo analógico.
El título traducido del disco es oveja negra. ¿Se refiere a usted?
-Evidentemente, como todos a los que nos gusta el rock. Quiero ser feliz con lo que hago, no quiero volver a sentirme mal en el escenario y aburrirme. Es algo que me ha pasado muchas veces cantando. Y tuve que fingir, lo que es una putada.
Hay otra canción titulada ‘The Game’. En ella se niega a seguir el juego que le marcan desde fuera, el ir de guapa, sonreír, obedecer, ser una buena chica… ¿Todavía cuesta más siendo mujer y en el ámbito del rock, que arrastra cierto halo de machismo?
-A ver, el colectivo LGTB+ siempre ha estado ahí, también en el rock. Piensa en Queen o Bowie. Lo que le pasa al rock es que, musicalmente, no sexualiza tanto a la mujer como en el pop. Yo diría que es menos más machista, pero sí más cerrado que el pop. Ahí están cantantes como Pat Benatar, Blondie, Janis… No tuvieron que sexualizarse para oír música. El rock es más cerrado porque es más clasista en lo musical.
‘Cry’ es puro sentimiento, el baladón del disco, preñado de soul. Podría haberla firmado Janis. ¿La siente especial?
-Sí, fue la primera balada que compusimos e hicimos muchas tomas hasta conseguir la más real, no la más perfecta. Además, tiene una historia muy personal que solo he compartido con mi banda. Nos sentamos y la compusimos juntos desde el lugar de la aceptación de perder a alguien a quien amas. Es real 100%, todo este primer disco es así. Es que ya estamos trabajando en el segundo (risas). No hablo de otras personas y sentimientos, son propios. Mis canciones parten de la necesidad de vomitar lo que tenía que decir.
Una voz como la suya siempre ayuda ¿no cree? La exprime a tope en ‘Don´t Break My Heart’, en la que se acerca hasta la ópera.
-No te creas. Al final, con mi voz siempre se espera la excelencia y exprimirla al máximo. Se me permite poco salirme de la rienda. Yo la utilizo para expresar las muchas cosas que no sé decir con palabras. Rara vez me verán enfadada o con rabia, pero tengo la necesidad de expresar esos sentimientos. Y la música me ayuda. Resumiendo, a veces mi voz puede ser más un castigo que una bendición. Lo bueno de mi voz es la capacidad y la resistencia, lo malo es caer en manos manipuladoras de ese juego. Esos productores que se creen los artistas y que han trabajado con Shania Twain, Britney Spears, Mariah Carey, Elvis…
Tras muchos años en este negocio, tendrá claro que forrarse no lo va a hacer al optar por un estilo hoy casi underground. Es casi un suicidio comercial.
-No sé si es un suicidio, pero sí un renacer artístico (risas). Y una necesidad.
¿Ruth es una banda, no solo la nueva aventura de Ruth Lorenzo? Véndame a sus colegas.
-Son mis caballeros del Zodíaco. Me acompañan Sergio Bernal (batería de M-Clan); Nando Robles al bajo (exSecond); Ricardo Ruiz a las teclas ácidas y mi alma gemela, David Lozano, que es un guitarrista demoledor. De ahí lo de ovejas negras, todos tienen un sonido muy particular y provienen de lugares no convencionales. Así que componemos desde la improvisación total, entrando a la sala en blanco.
Con un repertorio escaso, de un solo disco ¿cómo se completan los conciertos?
-Adelantamos algún tema del futuro y segundo disco, Animal Instict, y hacemos varias versiones. Nuestra estrella es el arreglo particular de House of The Rising Sun, de Animals, pero tocamos también Tie Your Mother Down, de Queen, y Whole Lotta Love, de los Zeppelin. Es como una hora y 20 minutos de concierto.
